Pasar al contenido principal

31-may.-2026, domingo de la 9.ª semana del T. O.

Jesús, el Hijo, nos habla del Padre y de su inmenso amor. Padre e Hijo. Es una imagen familiar que, si lo pensamos, echa por tierra nuestro imaginario sobre Dios.

Señor, Dios nuestro, abrimos nuestros ojos y comenzamos a experimentar las grandezas y maravillas de tu amor. A veces somos demasiado limitados para entenderte, pero sabemos que tú te preocupas por nosotros y has vinculado nuestro destino al tuyo. Gracias por amarnos y por estar a nuestro lado en nuestras tristezas y alegrías. Gracias por darnos tu amor, enseñarnos a cumplir la voluntad del Padre y dejarnos abrir nuestros corazones a la iluminación del Espíritu Santo y para librarnos de nuestras culpas y traernos vida, confianza y felicidad. 

Gracias por encomendarnos a tu Espíritu para dirigirnos y movernos en la cotidianidad de nuestras vidas.

Anima cálidamente nuestros corazones y únenos; dispón nuestro espíritu para acoger todo tu amor y para responder a él confiándonos a ti por todo lo que nos has dado y hecho en nosotros. Nos has amado y nos sigues amando como un Dios misericordioso que perdona, un Padre que se preocupa y es tierno como una madre con nosotros. Ayúdanos a comprender que Tú, como Hijo, te hiciste uno de nosotros y nos has hecho libres a costa de tu vida. Y también le descubrimos como un Espíritu de amor, de unidad y de fuerza, que sigue guiándonos e inspirándonos, y que ruega con nosotros y dentro de nosotros, aquí y ahora. Te alabamos y te damos gracias. Mantennos unidos en tu Santo Espíritu, y que la vida de cada uno de nosotros y de todos nuestros hermanos sea una respuesta de amor y de adoración al amor que nos has manifestado.

Danos tu ayuda a todos para que logremos ser para todos reflejo y señal de tu amor tierno y fiel. A ti te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos y te damos gracias, Trinidad Santa. Amén 

NOTA

Un muy feliz Domingo para todos y en este día tan especial, abramos nuestro corazón y nuestra conciencia al amor de Dios y dejémonos inspirar por El Espíritu Santo. Que al depositar nuestro voto pensemos en nuestra Patria y en nuestra Iglesia y elijamos a aquel que tenga principios católicos, amor y respeto por la familia. El Señor nos bendiga, nos guarde y nos proteja.

PALABRA DEL PAPA

Hoy, Solemnidad de la Santísima Trinidad, el Evangelio está tomado del diálogo de Jesús con Nicodemo (cf. Jn 3,16-18). Nicodemo era un miembro del Sanedrín, apasionado por el misterio de Dios; reconoce en Jesús a un maestro divino y, por la noche, a escondidas, va a hablar con Él. Jesús lo escucha y comprende que es un hombre que está en un proceso de búsqueda. Entonces, primero lo sorprende, respondiéndole que para entrar en el Reino de Dios es preciso renacer; y después le desvela el corazón del misterio diciéndole que Dios ha amado tanto a la humanidad que ha enviado a su Hijo al mundo. Jesús, el Hijo, nos habla del Padre y de su inmenso amor. Padre e Hijo. Es una imagen familiar que, si lo pensamos, echa por tierra nuestro imaginario sobre Dios. Efectivamente, la palabra “Dios” nos sugiere una realidad singular, majestuosa y distante, mientras que oír hablar de un Padre y un Hijo nos reconduce a casa. Sí, podemos pensar en Dios a través de la imagen de una familia reunida en torno a la mesa donde se comparte la vida. Por lo demás, la mesa, que al mismo tiempo es altar, es un símbolo junto al que ciertos iconos representan a la Trinidad. Es una imagen que nos habla de un Dios comunión. Padre, Hijo y Espíritu Santo: comunión. ¡Pero no es solo una imagen, es realidad! Es realidad porque el Espíritu Santo, el Espíritu que el Padre mediante Jesús ha infundido en nuestros corazones (cfr. Gal 4,6) nos hace gustar, nos hace experimentar la presencia de Dios: presencia siempre cercana, compasiva y tierna. (Francisco, Angelus, 4 de junio de 2023)

Oración Especial a la Santísima Trinidad 

Señor, Dios, Padre nuestro, tú eres mi Dios. Que tu sabiduría me dirija, tu gracia me anime, tu amor me dé alegría, tu verdad me proteja, tu poder me guarde.

Jesucristo, Hijo de Dios, hermano y Salvador mío. Que tú te hicieras hombre es mi gran alegría. Quiero seguirte; que tus sufrimientos sean mi victoria, tu desgracia mi honor, tu muerte mi vida, tu resurrección mi bienestar.

Oh, Dios, Espíritu Santo, tú eres mi bienestar, conviérteme porque soy pecador. Devuélveme a la vida porque estoy muerto, despiértame porque estoy dormido. Disponme para la vida. Ilumina mi mente, santifica mi voluntad, fortalece mis débiles fuerzas.

Quédate conmigo, vive en mí, permanece conmigo, oh, Santísima Trinidad, digna de toda alabanza. Amén.

para entrar en el Reino de Dios es preciso renacer
REFLEXIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/santisima-trinidad-31-de-mayo-de-2026 

Dios no es un ser solitario y aburrido. Dios es música, alegría, fiesta. Así lo quieren expresar nuestros hermanos orientales cuando dicen que la Santísima Trinidad es “perijoresis” es decir, “DANZA”. Dios que salta de júbilo en una danza eterna de amor. Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es familia, Dios es comunidad. Dios es éxtasis de amor. El Padre se da totalmente en el Hijo. Y el Padre y el Hijo se entregan al Espíritu Santo en un abrazo de unidad. La Trinidad es El Amante, El Amado y El amor.

[…] toda buena actividad humana lleva consigo un reflejo de la belleza de Dios, y sin duda el deporte es una de ellas. Después de todo, Dios no es estático, no está cerrado en sí mismo. Es comunión, relación viva entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se abre a la humanidad y al mundo. La teología llama a esta realidad pericoresis, es decir, “danza”: una danza de amor recíproco. (Papa León XIV 15-febrero -2026) 

EL PADRE. Es fuente y origen de todas las luces. Y tuvo la genial idea de crear a una criatura “semejante a Él”, capaz de escuchar la música de Dios. Al lugar donde esto sucedía se le denominó “paraíso”. Y nuestros primeros padres escuchaban embobados la música de Dios “a la brisa de la tarde”. Pero Dios creó a nuestros padres libres, con capacidad de decidir por sí mismos. Y Dios se arriesgó a que unas criaturas creadas a su imagen y semejanza le pudieran decir: NO. Y a eso se le llama pecado.  Decir a Dios que no, es no querer escuchar su música, es no querer entrar en sintonía con Él, es no creerle a Dios capaz de hacernos felices y buscar la felicidad por nuestra cuenta. Y, por eso, fueron arrojados del paraíso.

EL HIJO. El Padre, en un arranque de generosidad, para llevar adelante su proyecto, nos entregó lo mejor que tenía, su propio Hijo, para que sonara de nuevo en nuestro mundo la música de Dios. La música de Dios es el amor. Y Jesús cantó esta música en tono mayor y tono menor. En tono mayor cuando hablaba de Dios, su Padre. Nos habló de un Padre “compasivo y misericordioso, lento a ira y rico en piedad” (1ª lectura).  Un Dios “de amor y de paz” (2ª lectura) Un Dios que no ha mandado su Hijo al mundo para juzgar, condenar ni castigar, sino para salvar (Evangelio). Pero también cantó en tono menor cuando Dios viene a los suyos y los suyos no lo reciben; cuando los hombres prefieren las tinieblas a la luz. Con todo, Jesús sueña con un mundo de hermanos, con un mundo de iguales, con una humanidad como una gran familia. Pero esto era demasiado revolucionario y lo mataron. Mataron su cuerpo, pero no su alma, ni sus sueños, ni su música. Al Resucitar todo recomienza de nuevo con nueva fuerza. Para eso nos envía su Espíritu.

EL ESPÍRITU SANTO. Está encargado de tomar la batuta en esta orquesta y hacer resonar en este mundo “la canción de la alegría”, la melodía de la fraternidad. También, como buen director de orquesta, tiene que estar afinando constantemente a unos músicos que se bajan de tono, que desafinan demasiado.  Y desafinamos cuando seguimos creyendo que Dios es un ser lejano, que condena y que castiga y no un Padre que acoge, perdona, besa y acaricia. Desafinamos cuando queremos comprar a Dios con nuestro esfuerzo y nuestras obras y no nos damos cuenta de que Él es gratuito, y que no lo podemos comprar con nada. Desafinamos cuando no nos amamos, cuando no buscamos la unidad; cuando somos personas “pantallas” y no “puentes”. Nadie expresó mejor lo que era la Trinidad como San Juan de la Cruz donde habla de un Dios Padre como “una música callada”. Un Dios-Hijo, como “soledad sonora”. Dios Espíritu Santo, como “la cena que recrea y enamora”.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.