Con corazón agradecido iniciamos este nuevo día y te damos gracias por tu Santísima Madre a quien honramos en este día como Madre de la Iglesia y nos acogemos a su protección y auxilio.
El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por san Pablo VI durante el Concilio Vaticano II, con él quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. En 2018, el papa Francisco instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés.
Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.
En nuestra Madre Santísima encontramos la obediencia que hizo posible sanar la herida de la desobediencia nuestros padres y por la cual perdieron la amistad con Dios. Nuestra madre es la obediente por excelencia y en estas palabras tan hermosas que ella dijo al ángel en aquella ocasión.: «Aquí está la esclava del señor, hagas en mí según tu palabra». También por la obediencia de nuestra madre acogió al discípulo amado: «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Ahora, que estamos iniciando nuestra semana, después de haber celebrado nuestro gran Pentecostés y haber recordado con cariño a nuestra Madre Santísima bajo la advocación de María Auxiliadora, te pedimos que el Espíritu Santo nos ilumine y nuestra Madre nos proteja en su santo regazo.
Feliz y santo inicio de semana y un lunes mariano santificado en el Espíritu.
Las palabras de los Papas
El Señor mismo sabe que necesitamos refugio y protección en medio de tantos peligros. Por esto, en el momento más álgido, en la cruz, dijo al discípulo amado, a todo discípulo: «Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19,27). La Madre no es (…) algo opcional, es el testamento de Cristo. Y nosotros tenemos necesidad de ella como un caminante del descanso, como un niño de ser llevado en brazos. Es un gran peligro para la fe vivir sin Madre, sin protección, dejándonos llevar por la vida como las hojas por el viento. El Señor lo sabe y nos recomienda acoger a la Madre. No son buenos modales espirituales, sino es una exigencia de vida. Amarla no es poesía, es saber vivir. Porque sin Madre no podemos ser hijos. Y nosotros, ante todo, somos hijos, hijos amados, que tienen a Dios por Padre y a la Virgen por Madre. El Concilio Vaticano II enseña que María es «signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo peregrinante de Dios» (Const. Lumen Gentium, VIII, V). Es signo, es el signo que Dios nos ha dado. Si no lo seguimos, nos salimos del camino, porque hay unas señales en la vida espiritual que deben ser respetadas. Estas nos indican a nosotros que todavía peregrinamos y nos hallamos «en peligros y ansiedad» (ibid. 62), la Madre, que ya ha llegado a la meta. ¿Quién mejor que ella puede acompañarnos en el camino? ¿Qué esperamos? Como el discípulo que bajo la cruz acogió a la Madre con él, «como algo propio», dice el Evangelio (Jn 19, 27), también nosotros (…) invitamos a María a nuestra casa, a nuestro corazón, a nuestra vida (Francisco - Homilía en la Santa Misa con motivo de la Fiesta de la traslación del icono de la Salus Populi Romani, 28 de enero de 2018).
