Otro día, un nuevo amanecer, ocasión propicia para iniciar con nuevas fuerzas nuestras actividades. Señor, te damos gracias por tu bondad y misericordia y te pedimos que nos ayudes para que podamos realizar nuestras actividades de este día con alegría, generosidad y optimismo.
Tú nos invitas a una nueva sabiduría; la sabiduría que nos ayuda a distinguir lo que es importante de lo accesorio, lo que vale de lo que no vale, lo esencial de lo superfluo. Lo espiritual de lo material. En definitiva, una sabiduría que nos ayude en las cosas prácticas de la vida, teniendo claro cuál es el horizonte y el criterio de discernimiento, dejando espacio en nuestra vida para que comprendamos que lo importante no es sólo nuestra preocupación personal, sino nuestra obediencia a la voluntad del Padre. Permite que nuestra generosidad en el servicio sea lo primero en nuestra vida; que las necesidades de nuestros hermanos sean lo primero, ya que sirviéndole a ellos te servimos a ti; que los valores del Evangelio sean para nosotros la mayor riqueza; que sobre ellos sigamos construyendo el tesoro del amor; y que la recompensa no la esperemos en bienes terrenales, sino en lo que tú nos has prometido: bienes celestiales. «A Dios lo que es de Dios». Te glorificamos, bendecimos y te damos gracias,
Señor. Feliz y fructífero martes lleno de buenas obras y acciones.
Palabra del Papa
Usted me pregunta también cómo entender la originalidad de la fe cristiana, ya que esta se basa precisamente en la encarnación del Hijo de Dios, en comparación con otras creencias que giran en torno a la absoluta trascendencia de Dios. La originalidad, diría yo, radica en el hecho de que la fe nos hace partícipes, en Jesús, en la relación que Él tiene con Dios, que es Abbá y, de este modo, en la relación que Él tiene con todos los demás hombres, incluidos los enemigos, en signo del amor. En otras palabras, la filiación de Jesús, como ella se presenta a la fe cristiana, no se reveló para marcar una separación insuperable entre Jesús y todos los demás: sino para decirnos que, en Él, todos estamos llamados a ser hijos del único Padre y hermanos entre nosotros. La singularidad de Jesús es para la comunicación, y no para la exclusión. Por cierto, de aquello se deduce también —y no es poca cosa—, aquella distinción entre la esfera religiosa y la esfera política, que está consagrado en el «dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César», afirmada claramente por Jesús y en la que, con gran trabajo, se ha construido la historia de Occidente. (S.S. Francisco, carta del papa al director del diario La Repubblica, 11 septiembre de 2013).
