Los textos bíblicos de hoy se pueden articular en torno a la iniciación cristiana como proceso de iluminación, de hecho, en los primeros siglos los Padres de la Iglesia llamaban al bautismo ‘iluminación’.
En el evangelio de este domingo reconocemos tres partes:
1. La narración del ‘signo’ del ciego de nacimiento que empieza a ver
2. Una controversia entre los fariseos y el hombre que era ciego
3. Un nuevo encuentro de Jesús con el ciego que ahora ya ve
Mediante este desarrollo se puede descubrir qué significa ser iluminado por Jesús, y ello nos puede resultar útil para nuestro trabajo cuaresmal en orden a tomar conciencia de lo que implica haber sido iniciados a la vida cristiana mediante el bautismo, la confirmación y la participación en la Eucaristía.
El ciego de nacimiento que empieza a ver
El evangelio de este domingo se abre rompiendo el vínculo entre la enfermedad y el pecado, vínculo que lleva a algunos a considerar que en el origen de todo sufrimiento hay una culpabilidad; Jesús rechaza tal intento por explicar el mal.
Al descartar el nexo culpabilidad / sufrimiento emerge ante nosotros, en primer lugar, la situación del ser humano necesitado de iluminación: «Ni este pecó ni sus padres, sino [que nació así] para que se manifiesten en él las obras de Dios»; de otro lado, en la segunda parte de la respuesta de Jesús queda planteado el conflicto con los fariseos, pues mientras Jesús afirma que él trabaja en las obras de aquel que lo envió, ellos, defendiendo la tradición religiosa del sábado, afirman que «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
La condición de un hombre que nace ciego nos lleva a pensar en el ser humano que necesita ser iluminado, que necesita de la revelación, que necesita nacer a una nueva existencia.
En el prólogo del evangelio según san Juan leímos en el día de Navidad que «En él [en el Verbo] estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla» (1, 4.5a), esta luz, que está en todo hombre y que sigue brillando en la tiniebla, la podemos comprender como la ‘fe inicial’, esto es, el punto de anclaje para la experiencia de ser discípulo de Jesús. Por esta luz que brilla en la tiniebla el hombre que nace ciego está capacitado para intuir que lo realizado en él es obra de Dios: «Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. (…) Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder».
Controversia entre los fariseos y el ciego que ha comenzado a ver
Esta controversia sitúa en un lado a los fariseos que saben de Moisés y saben de la Ley y desde su interpretación de estos testimonios saben que «ese hombre [Jesús] es un pecador»; del otro lado está el hombre ciego que ha comenzado a ver, que sabe también desde la Escritura que «Dios no escucha a los pecadores» (ver Isaías 1, 15: «Al extender ustedes sus palmas, me tapo los ojos para no verlos. Aunque menudeen la plegaria, yo no oigo. Sus manos están de sangre llenas»).
En el fondo de esta controversia hay dos saberes sobre Jesús: el de los fariseos que, haciendo una interpretación de la Ley, concluyen que Jesús es un pecador porque no guarda el sábado; y el del ciego que sabe que Jesús es un enviado de Dios, que realiza algo que nadie había hecho porque Dios está con él: «Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».
La paradoja sobre Jesús: para unos resulta ser un pecador porque no guarda el sábado, para otros es un enviado de Dios porque actúa según el plan de Dios.
El texto nos muestra dos maneras de acercarse a Dios; de una parte, la de unos hombres seguros de sí mismos y a partir de ello ejercen una posición dominante sobre los demás; y, por otra, la manera de buscar a Dios un hombre que «ya es mayor», es decir, un miembro adulto de la comunidad, capaz de ir a la Escritura.
De nuevo Jesús con el ciego, que ahora ve
En esta tercera parte tenemos un elemento necesario e importante: la palabra que complementa el gesto de untar barro en los ojos del ciego y el posterior baño en la piscina Siloé. Es Jesús quien vuelve a abordar al hombre que era ciego y le permite llegar a formular una confesión de fe y realizar un acto de adoración. La palabra viene a ser necesaria porque de alguna manera sella el proceso que comenzó con la fe inicial del ciego de nacimiento, fe inicial que lo lleva a acoger con obediencia la palabra de Jesús: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver». La palabra que confirma el actuar liberador de Dios.
Este diálogo de Jesús con el hombre concluye con la expresión de Jesús mismo sobre su misión, lo que nos recuerda la frase del diálogo con los discípulos al comienzo de la escena. Jesús afirma que ha sido enviado para manifestar al mundo la luz divina y esta manifestación ilumina a unos y enceguece a otros; este paradójico resultado pone al descubierto la relación de cada uno con Dios. Mientras hay quienes reconocen la necesidad de esta luz, otros creen ya tener el conocimiento sobre Dios.
El texto concluye dejando ver que los fariseos piensan que saben y por ello no necesitan de la luz que Dios envía al mundo. Nos parecemos a los fariseos cuando volvemos la espalda a la iniciativa de Dios en nuestra vida, cuando no buscamos el sentido profundo de la revelación del Hijo del hombre.

