Antes de iniciar la lectura de la narración de Mateo, en este domingo, segundo del Tiempo durante el año, un episodio del evangelio según san Juan nos hace de puente entre la celebración de la Navidad y nuestro aprendizaje siguiendo la predicación de Jesús durante su vida púbica.
En el evangelio de este domingo (Juan 1, 29-34) reconocemos dos partes, la primera es muy breve y nos conecta con los días del Adviento, puesto que es la conclusión de la misión de Juan el Bautista; la segunda parte relata la experiencia mística de Juan.
Cuando nos preparábamos para la Navidad escuchamos reiteradamente el anuncio de Juan el Bautista, ahora él mismo nos advierte de la presencia de Jesús. Ocupado en su actividad de bautizar «al otro lado del Jordán» –fuera del territorio considerado como herencia de Dios para su pueblo– Juan ve que Jesús viene y comparte esta experiencia con los demás hombres descubriéndoles la identidad y la misión de aquel que viene: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
Jesús es presentado como el Cordero de Dios. El término ‘cordero’ nos lleva a pensar en los sacrificios del Antiguo Testamento, para tal efecto el creyente proporcionaba un cordero; ahora, en el tiempo de la Iglesia, es Dios quien provee el cordero (ver Génesis 22, 8).
Con esto, en el evangelio de este domingo el Bautista anuncia que la salvación es iniciativa de Dios, para ello Él envía su cordero, ‘el Cordero de Dios’. Jesús es el cordero que Dios envía para salvar a los hombres.
Así mismo el Bautista devela que la misión de Jesús consiste en quitar el pecado del mundo; fijémonos, más que ‘los pecados’ (en plural) el texto dice del ‘pecado’. Pecado (en singular) lo entendemos como todo el mal que se opone al proyecto de Dios. Jesús es el enviado de parte de Dios que viene al mundo para hacer posible en cada uno de nosotros la realización del proyecto de Dios y para ello arranca de raíz el pecado.
En la segunda parte, como hemos dicho, el Bautista nos refiere su experiencia mística, esto es, nos cuenta cómo llegó él a comprender el ser y la misión de Jesús, y a partir de ello ser testigo. Esta segunda parte del evangelio de hoy nos ambienta en el itinerario de formación del discípulo misionero.
El testimonio de Juan está articulado sobre dos menciones del desconocimiento de Jesús. En la primera ocasión dice que su actividad de bautizar lo ha llevado hasta Jesús. Tenemos, entonces, que en lo que venimos haciendo, Dios nos permite tener la experiencia de la revelación de Jesús si dejamos de ser simples cumplidores de tradiciones y asumimos una sana actitud crítica; si nos hacemos conscientes de la presencia de Dios en la vida de los hermanos.
En la segunda oportunidad que Juan dice que no conocía a Jesús es la palabra quien lleva al profeta a reconocer los signos de la presencia de Jesús como el enviado de Dios.
En la experiencia mística de Juan el Bautista hay dos fuentes, el trabajo que viene haciendo y la palabra acogida; estas fuentes le permiten a Juan ser testigo de la identidad y misión de Jesús.

