En el evangelio de la misa tenemos el tercero de tres relatos del evangelio según San Juan que la tradición de la Iglesia propone a los catecúmenos para prepararse al bautismo, estos relatos a los ya bautizados nos disponen a la renovación de los compromisos bautismales en la Vigilia pascual.
Hace dos domingos, en su encuentro con la mujer samaritana, Jesús nos reveló que por el bautismo Él nos concede el don del Espíritu Santo, «surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». El domingo pasado el signo del ciego de nacimiento que comenzó a ver nos llevó a comprender la iniciación cristiana como proceso de iluminación. En el relato del evangelio de hoy, Jesús se estremece al verse confrontado ante la muerte delante de la tumba de Lázaro y desde este estremecimiento abre para nosotros la esperanza en una vida que no se termina.
En el evangelio de la misa de este domingo (Juan 9. 1-45). Reconocemos cuatro partes en el texto: la ubicación de la escena, el encuentro de Jesús con Marta, el encuentro de Jesús con María y los judíos y, finalmente, el signo de Lázaro invitado a salir de la tumba.
1. La ‘prudencia de los discípulos
En la primera parte del evangelio de hoy el evangelista, para ponernos en contexto, nos refiere dos situaciones. La primera de ellas es la enfermedad de Lázaro y el informe de sus hermanas sobre la misma; de la otra situación nos enteramos a partir del diálogo entre los discípulos y Jesús.
La declaración de Jesús de ir a Judea es calificada por sus discípulos como una ‘imprudencia’: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Esta segunda situación revela la conciencia que Jesús tiene sobre su muerte y su confianza de vencerla.
La seguridad de Jesús en la victoria sobre la muerte se funda en su conciencia de actuar conducido por el Espíritu. En la respuesta a la objeción de los discípulos, Jesús indica que la prevención de ellos es fruto de moverse según los criterios del mundo: «si uno camina de día, no tropieza, porque tiene la luz de este mundo para ver»; la ‘prudencia’ de los discípulos obedece al seguimiento de la ‘luz de este mundo’ para salir airoso en este mundo.
Caminar guiado por la ‘luz de este mundo’ es caminar de noche porque le falta la verdadera luz: cuando uno «camina de noche, tropieza porque le falta la luz». Jesús revela que no es suficiente la astucia del mundo para mantenerse fiel en el ambiente hostil del mundo, es necesario tener otra clase de luz. ¿No se refiere esta luz al Espíritu del que habla la segunda lectura?
Jesús se dirige hacia su muerte y manifiesta su confianza porque ante ‘lo peligroso’ que significa ir a Judea, él no tropezará porque tiene la luz. Jesús no se enfrentará a la muerte con los artilugios de este mundo.
2. El proceso de la fe
En la segunda parte, el encuentro con Marta, reconocemos el itinerario de la fe. En primer lugar, Marta, que ha salido de su casa, expresa que la presencia de Jesús preserva de la muerte: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». En esta frase no hay reproche, por el contrario, Marta expresa su confianza en Jesús, reconociendo su presencia como la de un hombre de Dios y, al igual que el ciego del domingo pasado, dice que Dios no le puede negar nada a Él: «Sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Marta también confía, con el resto de los judíos de su tiempo, en la resurrección colectiva el último día.
Sobre esta confianza inicial, Jesús le revela a Marta –y a nosotros– que por medio de Él –«Yo soy la resurrección y la vida– el creyente empieza a participar de la vida que Dios quiere para el ser humano: «El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre», entonces invita a Marta a acoger esta vida: «¿Crees esto?».
Como en el proceso de la iniciación cristiana, Marta pasa de la confianza en un vínculo privilegiado entre Jesús y Dios al reconocimiento del Mesías: «Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo», y por esta confesión pasa a participar ya de la vida que Dios quiere para el ser humano. Entonces el muerto deja ya de ser la preocupación de Marta, ahora la discípula quiere que su hermana participe también de este desvelamiento.
3. El estremecimiento de Jesús ante la muerte
La tercera escena es el encuentro de Jesús con María y los judíos que la acompañan. Mientras María y los judíos manifiestan su dolor, Jesús mira la muerte cara a cara.
Mediante el verbo ‘estremecer’ el narrador nos lleva a pensar que el llanto de María y los judíos sitúa a Jesús ante la muerte, su propia muerte. La reacción de Jesús en esta parte del relato se expresa mediante tres sentimientos: se conmovió en su espíritu, se estremeció y lloró; el verbo estremecer lo emplea de nuevo el evangelista en 12, 27, cuando Jesús se refiere abiertamente a su muerte.
4. Lázaro sale de la tumba
La cuarta escena se abre con la reacción de Marta ante la orden de abrir el sepulcro de Lázaro, esta reacción contrasta con su profesión de fe de la escena anterior. La respuesta de Jesús al horror manifestado por Marta –«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»– nos regresa a la explicación del inicio sobre la situación de la fragilidad del ser humano: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios». La gloria de Dios se revela en su actuar salvífico en favor del hombre. Así lo manifiesta san Ireneo: «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Contra los herejes, IV, 20, 7).
En las diferentes escenas del evangelio de este domingo, hay un hecho común en los personajes, estos ‘salen’, se desplazan de un lugar a otro. Jesús y sus discípulos salen (del otro lado del Jordán) para ir a Judea; Marta, María y los judíos que la acompañan salen de su casa para encontrarse con Jesús; Lázaro sale de la tumba para acercarse a dónde está Jesús –«¡Lázaro, ven fuera!»–. En este último ‘salir’ se presagia la resurrección de Jesús, pero los presentes tienen que desatar a Lázaro para que pueda caminar; en la escena de la resurrección de Jesús en el sepulcro vacío quedan las vendas por el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza, enrollado en un sitio aparte (ver Juan 20, 6-7).

