Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos al inicio de esta semana que nos regalas y que nos proyecta a vivir verdaderamente en tu entrega, en tu amor, en tu misericordia, en tu reconciliación, pero ante todo en tu esperanza. Danos, Señor, la gracia en este día de ser como María de Betania, que te sirve con su hospitalidad y acogida. Su gesto amoroso nos recuerde que constantemente debemos honrarte con el buen aroma de las obras de la fe, y que debemos sanar los cuerpos heridos de nuestros hermanos con el bálsamo de la misericordia. Que recordemos que servirte a Ti, Señor, es un imperativo de nuestra vocación como nos propones: «Hagan el bien y den prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande su recompensa y ustedes serán hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos». Que tu amor se arraigue profundamente en nuestros corazones y te sigamos con decisión en la hora de tu pasión. Nuestra generosidad sea la mayor entrega y disposición para hacer la voluntad del Padre celestial y que no seamos como Judas, interesados únicamente en un servicio que no tiene sentido. Dispón nuestros corazones para tener un día amoroso, servicial y de entrega y poder cumplir fielmente la misión que nos encomiendas en este día Y que sean en mi amor fidelidad y disposición. Amén.
Feliz inicio de semana y santo día en presencia de Nuestra Señora, la Virgencita.
Palabra del Papa
Al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: «Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura». Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su «hora», la «hora» en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse «haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz». (Homilía de Benedicto XVI, 29 de marzo de 2010).
ORACIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-30-de-marzo-de-2026
Señor, al acercarme hoy a este texto tan bonito, no me siento ni con ganas de pedirte nada. Por eso acudo al gran San Agustín que dice: «Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor». Hoy me uno plenamente a esta oración.
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-30-de-marzo-de-2026
Un hombre y una mujer. Un hombre cuyo nombre es Judas. Una mujer cuyo nombre en María. Judas, agarrando fuerte la bolsa del dinero, es símbolo de codicia, de mezquindad, de tacañería. María, con su frasco lleno del mejor perfume y rompiéndolo delante del Señor, es el símbolo de la generosidad, del derroche, de la sin-medida. A Judas le importaba el dinero y no los pobres. A María sólo le interesaba demostrarle al Señor todo el inmenso amor que le tenía. Un amor que no se puede contar, ni pesar, ni medir. Por eso no cabe derramar el perfume a cuentagotas sino derramarlo del todo. Jesús da la razón a la mujer y asocia ese perfume a su sepultura.
María de Betania siempre será “la mujer del perfume”. Ella entra sin hacer ruido. Lo que le interesa es “ungir”, “besar” “secar” los pies de Jesús. Lo que acaba de hacer esta mujer es una bonita parábola del amor. “Jesús entendía la vida de forma que podía incluir el encanto del cabello femenino que acaricia sus pies” (J. M.ª Castillo). Y, desde entonces, la gran casa del mundo se llenó de aquel perfume. Con Jesús no caben los amores a medias, los amores mezquinos, los amores interesados. Con Jesús sólo cabe una medida para el amor: el de amar sin medida. Notemos un detalle: esta visita a Betania se realiza antes de la pasión. Jesús es muy humano. Sabe todo lo que le espera: días de dolor, de sufrimiento, de amargura. Y necesita preparar su alma compartiendo su amor con los amigos que le quieren de verdad.

