En el inicio de un nuevo día que comienza a transcurrir, en el que iremos a nuestras labores cotidianas, te damos gracias y depositamos nuestra confianza, «porque nada es imposible para ti».
Señor, tú te hiciste carne, y te has metido completamente en nuestras vidas y nuestra historia para hacerlas tuyas, para que te encontremos en los acontecimientos de nuestro diario vivir. Has asumido nuestra debilidad para elevarla y fortalecerla ahora es una «carne» divinizada, habitada por el Espíritu, consagrada desde nuestro bautismo. En ti comienza una nueva vida, porque nos haces Hijos y herederos. «Comer tu carne» significa que aceptamos y asumimos seguirte incondicionalmente; significa también que nos vamos transformando en ti, en Cuerpo y Carne tuya («ya no soy yo el que vive, sino Cristo que vive en mí»); significa que también nosotros aceptamos ser pan que se entrega para que otros se alimenten, siguiendo tu mandato: «Haced esto en memoria mía»; significa que aceptamos la entrega y el sacrificio a ejemplo de Pablo cuando lo hiciste tú discípulo; y significa que, si nosotros somos tu Cuerpo ya que tú eres la Cabeza, debemos vivir como comunidad fraterna unidos en el amor y buenos sentimientos.
Pablo te encontró y se transformó en una persona totalmente nueva, completamente cambiada. Ayúdanos a que nuestro encuentro contigo produzca la misma transformación, ya que tú nos dices: hoy: «Los que comen mi carne y beben mi sangre viven en mí y yo en ellos». Que vivas plenamente en nosotros y como a Pablo, envíanos a cumplir tu voluntad. PERMÍTENOS QUE PERMANEZCAMOS UNIDOS EN TU AMOR.
Un muy feliz y santificado viernes llenos del amor de Dios y dispuestos a dar testimonio.
Palabra del Papa
Esta fe nuestra en la presencia real de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, en el pan y en el vino consagrados, es auténtica si nos comprometemos a caminar detrás de Él y con Él, caminar con Él y detrás de Él, tratando de poner en práctica su mandamiento, el que dio a los discípulos precisamente en la última Cena: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros». El pueblo que adora a Dios en la Eucaristía es el pueblo que camina en la caridad. Adorar a Dios en la Eucaristía y caminar con Dios en la caridad fraterna. (Homilía de S.S. Francisco, 14 de junio de 2014).
ORACIÓN
Señor, dame hoy especialmente tu gracia para poder comprender un poquito este misterio de amor que es la Eucaristía. Y digo misterio porque lo que menos podíamos imaginar nosotros los humanos es que Tú pudieras tener esta idea tan grande, tan generosa, tan enorme, de poder estar siempre con nosotros a pesar de tu ida al Padre. Es un misterio de amor. Y el misterio se acepta y no se discute. ¡Gracias, Señor!
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-24-de-abril-de-2026
Ante una promesa tan fantástica de Jesús al inventar el modo de permanecer siempre con nosotros, los judíos se ponen a discutir. ¿Cómo puede ser esto? San Agustín les diría: “Dame un corazón que ame y entenderán lo que digo”. Lo lógico, lo razonable, es objeto de la razón, pero el amor no tiene lógica. Por eso dirá Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no comprende”. Si Dios se hubiera guiado por la lógica de la razón no tendríamos ni encarnación ni redención ni eucaristía. Afortunadamente para nosotros, Dios se ha guiado siempre por la lógica del amor. Y una de las características del amor es que “el amor no se va, el amor se queda”. Se fue al cielo y se quedó con nosotros a través de la Eucaristía. Y se quedó de la manera que mejor pudiera demostrarnos todo lo que nos quería. Porque existe el amor de padres, de hermanos, de amigos, de esposos. Pero con ninguno de estos amores se puede llegar a una intimidad tan grande como con el alimento. Al recibir a Cristo en la Eucaristía, ese alimento no lo hacemos sustancia nuestra, pero nosotros sí nos unimos sustancialmente con Dios. Cada uno de nosotros puede decir con san Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal. 2,20).
Amar a Dios sobre todas las cosas. Mientras esto no sucede, está el alma como en un vaso vacío que espera estar lleno; como el que tiene hambre y desea la comida, como el enfermo que llora por su salud, como el que está colgado en el aire y no tiene donde apoyarse. (San Juan de la Cruz. Cántico 9,6).
